Carta a Pablo Steffanoni sobre el pachamamismo

Por Melanie Belanger.

Ante todo, gracias por sus artículos y por su mensaje. La verdad es que, al igual que usted, me alegro que se haya creado un ‘espacio de debate necesario’. Quisiera además apoyar lo que le mencionó hace poco un colega y compañero: “Lo necesitamos a usted y a Le Monde Diplomatique para seguir con esta lucha (…) Necesitamos de los unos y de los otros. Somos del mismo bando, no somos adversarios”. Estoy totalmente de acuerdo. Quisiera comentar sus artículos, pero sobre todo, el último mensaje que me envió en el marco de esta ”batalla de las idea” que hemos felizmente iniciado sobre el “pachamamismo”. Usted dice, en este mensaje, un poco en tono de burla, que dos columnas de 3000 caracteres en un periódico boliviano no llegarán a “acabar con la izquierda mundial”. Claro que no. No fue de hecho lo que le dije: mencione que usted estaba de una cierta forma perjudicando a esta izquierda, no acabando con ella. En segundo lugar, usted tiene poder, y quizás más de lo que piense: primero, lo que leí de usted esta publicado en el muy consultado y respetable periódico en línea Rebelión. Además, su nombre tiene peso, Pablo, porque usted forma parte de un periódico que goza de una credibilidad y de una reputación muy grandes a los ojos de la izquierda internacional – Le Monde Diplomatique. Entonces, sí, creo que sus intervenciones pueden ser bien poderosas. Me sorprende que no lo vea. Ahora llegamos a lo que, quizás, representa el nudo gordiano del asunto. Tristemente, veo que usted sigue empleando el término un poco peyorativo de ”pachamamismo”, y que sigue teniendo un tono algo cínico en sus análisis, pero ni modo. Usted dice, en su mensaje, que le sorprende que haya “bolivarianos pachamámicos, dado que el modelo extractivo petrolero se profundizó estos años en Venezuela”. Comprendo totalmente su consternación ante semejante ‘contradicción’. Sin embargo, trataré de demostrarle que esta contradicción no es solamente normal, sino que es quizás necesaria o por lo menos positiva, y que no es un motivo para desacreditar, irrespetar o rechazar a nada ni a nadie. En efecto, aunque uno respete la cosmovisión autóctona y comparta a nivel ético, diría hasta espiritual, ciertos de sus elementos, uno puede ver también mas allá del ‘extractivismo’ venezolano y respetar y apoyar la Revolución Bolivariana. ¿Por qué? Primero, porque uno entiende que bajo dicha revolución, los pueblos autóctonos u originarios nunca han tenido tanta visibilidad, consideración, espacio político y poder: brevemente, con la V República, los autóctonos de Venezuela han sido reconocidos como ciudadanos, han empezado a existir socialmente a los ojos de la mayoría criolla, lo cual constituye un tremendo avance. En segundo lugar, porque no se pueden negar tampoco los logros que la continuación de este ‘extractivismo petrolero’ ha permitido a nivel socio-económico, socio-político así como socio-cultural: nuestro deber como revolucionarios, creo, es de reconocer estos tremendos logros (salud, educación, empleo, vivienda, alimentación, valorización identitaria) para el pueblo, la base, la gente humilde – tanto de las ciudades como del campo – en fin, el tejido social de la nación y de la Revolución. Estos logros representan, como lo dijo una vez un historiador venezolano, “pozos de luz y de esperanza” – no sólo para los venezolanos, sino también para el mundo entero. En tercer lugar, porque uno entiende que un país como Venezuela: 1) es altamente urbanizado (más de 65%), con unos sectores todavía muy humildes materialmente (no estoy hablando de gente que no tiene televisor plasma, sino que viven en condiciones precarias); 2) tiene como herencia un sistema económico centrado desde hace por lo menos 60 años en la explotación de hidrocarburos y una cultura (en parte parasitaria y hiper-consumista / derrochadora) de renta petrolera; 3) se esta enfrentando a un saboteo económico constante (dentro y fuera del Estado) por parte de las oligarquías; 4) tiene una estructura (y cultura) estatal, por cierto en profunda transformación pero igualmente heredada de la IV República, con problemas de jerarquismo exacerbado, de corrupción y de oportunismo; 5) se enfrenta a un monstruo mediático de oposición y sobre todo de descrédito distorsionado y violento, a dentro como afuera (int’l), así como a un intervencionismo socio-político (NED, ONGs, etc,) y presiones imperialistas militares constantes; en fin, que para tal país, no es fácil de proseguir, primero que todo, con esta Revolución, y aún menos, por supuesto, de liberarse de un “modelo extractivista”. Esto me lleva a mi cuarto punto: en Venezuela SI se están desplegando modestos esfuerzos de liberación en cuanto a la dependencia hacia el petróleo: se trata de implementar energías alternativas renovables, y sectores de la población han desarrollado una conciencia ambiental en este sentido, fruto de la misma Revolución Bolivariana ‘extractivista’. Quizás no sean estos esfuerzos suficientes, pero de nuevo, hay que ser claros en cuanto a las circunstancias, el tamaño de los desafíos y las fuerzas histórico-culturales en presencia. Quinto, porque uno entiende precisamente que la nación venezolana, así como la mayoría de las naciones latino-americanas, es un crisol de culturas, y por ende, un mosaico de cosmovisiones diferentes, pero no necesaria ni completamente exclusivas o antagónicas. Desde la constatación y la comprensión (aunque sea parcial) de esta complejidad socio e histórico cultural, entonces, uno trata de abordar la Revolución Bolivariana no de forma reduccionista o dicotómica, sino desde un ángulo de análisis que bien podría ser antropológico y multifacético, o sea a la vez materialista dialéctico, materialista cultural y particularista. Me explico. Desde una perspectiva antropológica materialista dialéctica, uno entiende que el cambio de modo de producción en una sociedad dada es una pieza clave de la transformación cultural – y por ende de la esencia – de dicha sociedad. Desde este enfoque, las culturas aparecen como una fuerza motriz de la Historia humana, la cual opera de forma dialéctica, gracias a las contradicciones internas de estas culturas. La más notable de estas contradicciones ‘culturales’ es la que existe entre los medios de producción – lo material, fruto del trabajo humano, es decir de la transformación de la Naturaleza – y las relaciones de producción – por definición, quien detiene estos medios, pero se podría agregar también, desde un enfoque ecosocialista, como se emplean éstos, es decir, la relación que existe desde, con y hacia la Naturaleza, de la cual depende fundamentalmente la creación de estos medios y el despliegue de estas relaciones. La articulación de estos medios con estas relaciones conforma un modo de producción económico – la economía siendo entendida aquí no en el sentido moderno de las ciencias económicas, como una esfera abstracta o ajena a lo social, político o cultural, sino íntimamente imbricada con todas estas facetas, ya que constituye la gestión de la casa común (del griego oikos y nomos), o sea, del hábitat y de la biósfera. Este modo de producción, económico, constituye una piedra angular de las culturas, ya que determina en gran parte los procesos sociales y políticos (la reproducción social) propios de las comunidades humanas, procesos que definen, a su vez, la existencia social de los individuos, la cual forja sus conciencias. Por esta razón, la comprensión de las similitudes y diferencias socio e histórico-culturales podría ser alcanzable: ante todo, vía una aceptación abierta de la existencia de estas contradicciones internas (y externas) de las culturas; luego, vía el estudio de las mismas; y finalmente, desde un enfoque crítico y comprometido, a través de la participación del investigador (antropólogo u otro) a su resolución dialéctica. Es un poco de hecho, Pablo, lo que estoy haciendo aquí, hoy, al escribirle a usted estas líneas. Esta perspectiva materialista dialéctica puede complementarse de otra perspectiva antropológica, la del materialismo cultural, el cual ofrece un abordaje sistémico de las culturas – muy compatible con el paradigma ecosistémico y de la complejidad que se esta forjando un espacio notable dentro de la ciencia occidental. Dicha perspectiva interpreta las culturas como megasistemas sociales multi-facetas (ambientales, políticas, económicas, éticas, espirituales y religiosas) de pensamientos, de valores y de acciones (o praxis). En fin, otra perspectiva antropológica – la del particularismo histórico (Franz Boas) – puede enriquecer también las dos anteriores, ya que aporta una buena dosis de relativismo cultural. Dentro de esta perspectiva, se contempla que no existe una sola cultura, sino varias, y que estas – originales (pero no herméticas) en cuanto a sus raíces, trayectorias y manifestaciones contemporáneas – son análogas a conjuntos de particularismos históricos, frutos de circunstancias y condiciones locales no-reductibles a teorías evolucionistas o unilineales. En fin, lo anteriormente expuesto no fue en absoluto para hacer acto de intelectualidad soberbia desconectada de la realidad, o de “ventrilocuismo pachamamesco”, o de romanticismo ecologista proyectando una imagen del autóctono “buen salvaje”, o para llevar el análisis a un plano de hiper-simbolismo incomprensible, tampoco porque pretendo construir una “cosmovisión andina de salón”, y ciertamente no a razón de que me estoy inspirando de o elogiando al blockbuster hollywoodiano Avatar – que de hecho, nunca he visto, que no me interesa, y que además es tristemente conocido por su desliz imperialista ya que propone subliminalmente una invasión de Venezuela. Fue, ante todo, para ilustrar las premisas sobre las cuales uno puede intentar construirse una comprensión de la ‘contradicción’ que existe entre la cosmovisión autóctona – de aristas diversas y complejas – y la Revolución Bolivariana – aquella dependiente, por el momento, de un extractivismo petrolero para su existencia. Fue también para plantear la racionalidad, la ética y la sensibilidad en base a las cuales uno puede no solamente aceptar la existencia de esta contradicción, sino también reconocer en ella una fuerza motriz de transformación dentro del proceso revolucionario, y por supuesto, de la propia Historia. En fin, fue para explicar, desde un enfoque antropológico, como uno puede respetar y compartir a la vez valores propios de esta cosmovisión autóctona de la Tierra Madre y valores céntricos al proyecto bolivariano, ya que éstos no deberían resultar, a la luz de este análisis, ni exclusivos, ni excluyentes, y que la validez de uno u del otro no debería ser falsificada en nombre de esta contradicción. A título de ejemplo, no logro ver en que sería imposible de desarrollar y utilizar paneles o módulos fotovoltaicos (solares) en comunidades rurales andinas, al lado de una técnica ancestral de secar las papas por la acción sucesiva del sol y de las heladas (chuño). No veo tampoco como un modo tradicional de cultivar la tierra acorde a la cosmovisión autóctona de la Pachamama pueda resultar incompatible con la agroecología, la cual constituye una ciencia, un conjunto de conceptos y de prácticas, así como un movimiento occidental. Sigo con su mensaje. Usted menciona que no deja de asombrarlo “(…) el ‘pachamamismo’ cubano, en un país donde deben importar el 80% de sus alimentos porque no producen nada » y recalca « también estuve por si acaso por allá”. Este comentario suyo me dejó sumamente triste: lamento decirle que esta rotunda y gratuita afirmación no me parece ser la de un periodista serio como usted – sino, hubiera investigado y se hubiera enterado de la revolución agroecológica cubana, así como de los avances de este país en términos de permacultura urbana… y todo esto, a pesar de la prevalencia de una dura crisis económica (Periodo Especial), de medios ($) sumamente limitados – en gran parte por causa de un dañino, férreo y cruel embargo comercial y de una marginalización financiera desde hace mas de 50 años – así como de factores internos complejos, tales como la fuerte prevalencia anterior de una nefasta Revolución Verde y su paradigma productivista. Hay más: usted dice que lo sorprende “mi entusiasmo hacia el modelo cubano”, por lo que con dolor en el alma, debo confesarle que me asombra tal comentario de parte de un periodista de izquierda como usted. Brevemente, le diré que Cuba es ciertamente la nación más compleja y paradójica que haya conocido, pero también la más rica, interesante, conmovedora e inspiradora a la cual haya tenido la inmensa suerte de acercarme (de paso, aunque soy una sencilla y humilde quebequense, he vivido muchas años en América Latina y la he recorrido, así como he conocido a Europa, pero lamentablemente, no estuve ni en África, ni en Asia). Conozco bastante bien a Cuba, en muchos de sus aspectos, y mi postura es de reconocer, divulgar y apoyar esta riqueza, sus aportes para el mundo, pero también de admitir de forma lucida sus imperfecciones y desafíos (¿que sociedad no los tiene?), por lo que no digo: “Cuba es EL modelo”. No caigo en este tipo de afirmación categórica, pero si me atrevo a declarar sin miedo que Cuba detiene, como lo dijeron investigadores-promotores del Green New Deal británico, “varias de las claves para la supervivencia de la Humanidad, en estos tiempos de triple crisis – económica, ambiental y energética”. Además, defiendo y proclamo el inmenso valor, la generosidad, la dignidad, el patriotismo humanista y internacionalista, y la creatividad del pueblo cubano, así como celebro su increíble resistencia. No se donde usted habrá estado en Cuba o que tipo de acercamiento usted habrá tenido con este país (de paso, en mi anterior mensaje, me refería a la Provincia de Granma, en Oriente, no al periódico del mismo nombre…). Lo que si sé, es que esta cifra del ”80% de alimentos importados” que usted avanza, es la que adelanta también el gobierno de EEUU a través de ciertos de sus Think Tank neoliberales que promueven una « transición democrática » para Cuba (o sea: una apertura al capitalismo hegemónico). Las cifras nacionales – estadísticas de la ONE y otras fuentes – dan otro retrato, que sitúa la importación alimenticia de este país entre un 50 y 65% del volumen total, según las temporadas. ¿Porque esta fluctuación? Porque una gran parte de esta proporción la ocupa el arroz, carbohidrato (lamentablemente pero culturalmente) esencial para la mesa cubana (o caribeña, por si acaso), que el país no logra producir en cantidades suficientes para todo el pueblo a razón, entre muchos otros complejos factores, de las sequías cada vez más frecuentes e intensas por causa de los cambios climáticos, o de la destrucción recurrente de los frágiles campos de arroz y de las cosechas de todos tipos provocada por los huracanes (también más frecuentes y productos de los mismos cambios climáticos). Sobre este tema de la agroecología, le invito a consultar los artículos publicados recientemente sobre la cuestión de los OGM en Cuba en la sección de este país en Rebelión, los cuales, quizás, le podrían brindar algunas pistas de comprensión entorno a la simpatía cubana hacia el “pachamamismo”; así como lo invito a consultar la recién elaborada Carta Agroecológica de La Habana (1). Usted menciona “el pachamamismo ridiculiza a las posiciones ecosocialistas y ecologistas serias y nos lleva a un sendero de descrédito, folklorización de las cosas y pérdida de cualquier incidencia.” Entiendo sinceramente su preocupación, Pablo. De nuevo, no estoy abogando a favor de la cosmovisión autóctona desde un enfoque proselitista, absolutista, dogmático o meramente ciego. Lo estoy haciendo desde un enfoque de respeto y de apertura comprensiva, así como desde las perspectivas o premisas antropológicas que ya le expuse, entre las cuales, la de la relatividad. Estoy además completamente de acuerdo con usted que dicha relatividad debe ser dialógica, es decir que debe operar desde y hacia los dos lados, para llevar a una comprensión mutua. El hecho que ciertos autóctonos se burlen del ecologismo occidental desde su cosmovisión, o que instrumentalicen ésta a su favor, de forma oportunista, manipuladora o sectarista, resulta tan dañino como aquel que parte del ecologismo occidental (por ejemplo, desde la corriente muy a la moda del desarrollo sostenible) para burlarse de la cosmovisión autóctona, o que instrumentalice éste ecologismo occidental (que también responde a una cierta cosmología) a su favor, para asentar o reafirmar su poder. Debe haber DIÁLOGO genuino, humilde y sincero. Usted menciona que conozco poco del gobierno de Evo Morales: usted tiene toda la razón. Quisiera de hecho aclararle que nunca he pretendido ser una experta sobre este tema, del cual usted conoce sin dudas muchísimo más que yo. Sin embargo, no creo que esto – ni el hecho que yo no sea boliviana – deba impedir que yo opine sobre lo que usted llama el ”pachamamismo”, que es además un tema que trasciende Bolivia y que concierne muchas otras naciones – hasta la mía, Québec. Ahora bien, entiendo claramente la prevalencia del desarrollismo en Bolivia, dentro del MAS, mismo como lo hay en Venezuela, en Ecuador, y en TODO EL PLANETA. De nuevo, la existencia de esta fuerza desarrollista no me parece motivo para invalidar la cosmovisión autóctona – al contrario. Además, no creo que se logre erradicar en solamente algunos años un paradigma como él de la creencia en un cierto tipo de progreso – originalmente occidental y hoy hegemónicamente mundial – viejo de por lo menos dos siglos, y quizás mucho más… mismo cuando este paradigma moderno se haya asentado sobre uno más antiguo (la cosmovisión autóctona de la Pachamama), a tal punto que se haya imbricado con él en una especie de maraña en cuanto a ciertos aspectos – a la semejanza del sincretismo religioso (católico / precolombino) que existe hoy a través de toda América Latina. En fin, usted nos (me) invita “a des-idealizar y a dejar de hacer catarsis anticapitalista y a profundizar el debate –en serio–”. Bueno, Pablo, aquí estoy, profundizando el debate de forma seria, creo, y para decirle que lo que usted asimila a una idealización mía hacia la cosmovisión autóctona que usted llama ”pachamamismo”, lo asimilo yo, como creo haberle demostrado y resumiré aquí, ante todo a un respeto, y luego a un intento de comprensión de esta realidad y del mundo desde una perspectiva antropológica multifacética – materialista dialéctica, materialista cultural y particularista. Esta perspectiva me parece poner en evidencia la normalidad, la complejidad sistémica y la necesidad tanto revolucionaria como histórica de la contradicción que emana del ‘encontronazo’ de esta cosmovisión autóctona (la Pachamama – en apariencia más orientada hacia lo comunitario) con otra cosmología (la “occidental – moderna – progresista” – más ligada a la idea de Estado-Nación). También, creo que pone luz sobre la relatividad científica a la cual nos convida dicha contradicción dialéctica. Aprovecho, en nombre de esta relatividad científica, para invitarlo a cuestionarse sobre la idea que pueda existir un sólo « modelo de desarrollo », primero porque pienso que este reduccionismo no nos permitirá aportar pistas de solución viables – como se esta (quizás) esperando de nosotros y de muchos otros, en calidad de investigadores críticos y comprometidos. En segundo lugar, porque creo que la cosmovisión autóctona no es, justamente, “un modelo” en el sentido de una “receta”: este concepto me parece ser más bien su antítesis, ya que una cosmovisión es un sistema de pensamientos, de ética, de valores y de sensibilidades espirituales, en breve, el corazón de una cultura (no hermética, sino abierta a otras influencias, como usted bien lo subrayó), que como todo sistema, genera una visión del mundo – y por esto es que se le llama cosmovisión, o cosmología. Estoy convencida que el diálogo respetuoso entre las dos cosmologías en presencia – de las cuales Leonardo Boff nos habla de forma tan bella, clara y esperanzadora (2) – podría justamente ser muy fértil en aportar pistas de solución interesantes para superar el ‘modelo extractivista’ (el cual, estoy completamente de acuerdo con usted, deberá ser superado). De hecho, creo que estas cosmovisiones, en cuanto a sus “portadores”, no son uniformes ni excluyentes, sino eclécticas, ya que abarcan diferentes actores, provenientes de diversas corrientes o formas de pensar – entre otras, ambientales. Sin embargo, atribuir la dificultad de superación del llamado ‘modelo extractivista’ a la mera fuerza de lo que usted nombra ”pachamamismo” y que parece considerar como un factor de ”obstaculización” en esta tarea, es ignorar el poder hegemónico cultural de dicho modelo de extracción y de explotación sobre todo el planeta. Creo que es obviar también una miríada de complejos factores de todas índoles – similares a los que explicité con respecto a Venezuela. Es también olvidar que este ‘modelo extractivista’ constituye una compleja expresión y herencia cultural de la cosmología occidental moderna, es decir, de la relación de explotación y de utilitarismo exacerbado hacia y con la Naturaleza que prevalece en su seno. Es pasar en alto, igualmente, que la cosmovisión autóctona, en su esencia pero no en todas sus expresiones, se sitúa al otro lado del espectro de este ‘modelo extractivista’ y de la cosmología que lo sostiene. En fin, me parece que es negarse a ver el inmenso potencial de la propia cosmovisión autóctona, en esta búsqueda de construcción de un nueva nación, y al fin y al cabo, de un nuevo mundo, que no es tanto un asunto técnico, sino sobre todo civilizacional y de cultura – según la definición de se propuso de este término anteriormente. Melanie P.D.: En cuanto a los ayllus narcotraficantes (en referencia a un artículo que usted me envió hace poco), no me sorprende: cuando vivía en Panamá, visitaba a veces la Comarca Indígena de San Blas (Kuna Yala). Era guía naturalista en aquella época, y me percaté que había algunos Caciques corruptos quienes en este territorio, abusaban de su poder para vender ilegalmente, a costas de sus propios pueblos y de los ecosistemas, árboles maderables muy valiosos. Un viejo Kuna, con quien hablé del tema, me dijo « Si, hay muchos así, mentirosos, se disfrazan, pero en realidad, el Espíritu del Dólar los ha conquistado, los domina, ha tomado posesión de ellos – al igual que muchos Wagas (extranjeros). Pero hay otros, y somos muchos también, que los denunciamos en el consejo y hasta en el Congreso, que los enfrentamos, porque no estamos de acuerdo. Porque ellos están violando el Espíritu de la Tierra, y nos están violando a nosotros también ». Me parece que es una buena ilustración del “choque” de dos cosmovisiones, en una misma sociedad, así como de las fuerzas en presencia y de los posibles deslices – a través del oportunismo – de una ideología, sea cual sea. Pero justamente, es muy complejo, por lo que debemos cuidarnos de caer en argumentos circulares. Por ejemplo, ¿el hecho que la Iglesia Católica haya cometido los horrores de la Santa Inquisición y de la Conquista, sería un motivo suficiente para restarle toda pertinencia al mensaje de amor de Jesús Cristo (que él haya existido o no), o peor, para ridiculizar la fe que tiene en este mensaje un católico? De la misma forma, ¿el hecho que hayan existido imperios muy poderos, que desplegaron medidas despóticas dentro de sociedades altamente jerárquicas en el transcurso de la época precolombina en las Américas, sería un motivo suficiente para restarle toda pertinencia a la idea originaria (que no es ni una religión, ni un fundamentalismo) según la cual la Tierra es nuestra Madre y que por este hecho no debería pertenecer a nadie?… O peor, ¿para ser irónico en cuanto a la identificación de ciertas personas con esta cosmovisión, o hacia quienes la defienden o la respetan, justificando dicha ironía en nombre de la instrumentalización confusa, hipócrita o interesada por parte de algunos de sus porta-voces? 1. http://agroecologiavenezuela.blogspot.com/ 2. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=106440

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